El balcón de piedra que vigila el mar de Castilla
Existe un refugio donde el tiempo parece haberse detenido entre el aroma del espliego y el susurro del viento. No es solo un conjunto de casas; es un mirador privilegiado tallado en piedra caliza que se asoma, con vértigo y elegancia, a la inmensidad azul del embalse de Entrepeñas.
Pasear por este rincón es descubrir la esencia más pura de una comarca que presume de "oro líquido" y horizontes infinitos.
Un tesoro de caliza y madera
Al cruzar el umbral de esta localidad, el visitante se olvida del asfalto. Aquí, el suelo está alfombrado por un empedrado meticuloso que guía los pasos entre fachadas donde la madera y la piedra cuentan historias de siglos. La arquitectura popular alcanza en este punto una cota de perfección difícil de igualar, manteniendo una armonía visual que lo convierte en un "pueblo de postal". Cada rincón, cada maceta y cada viga de madera parecen colocados por la mano de un artesano que busca proteger el legado de la Alcarria.
El centinela del embalse
A medida que se avanza hacia el borde del caserío, la arquitectura cede el protagonismo a la naturaleza. El pueblo, suspendido sobre una loma, ofrece una panorámica que le ha valido el sobrenombre de El Balcón de Entrepeñas. Desde sus miradores, la vista se pierde en la superficie del agua y en las laderas de olivos que dan nombre al lugar. Es, sin duda, un enclave estratégico para entender la geografía de la zona, especialmente cuando el sol comienza a caer y baña de tonos anaranjados los campos de cultivo y la silueta de los pueblos vecinos como Budia o Durón.
El festín de los sentidos: Tapas con sabor a tradición
Pero la experiencia no estaría completa sin el sentido del gusto. Tras un paseo por sus rutas de senderismo entre romero y tomillo, llega el momento de la recompensa. La gastronomía aquí no admite atajos: se basa en el producto de proximidad.
La experiencia gastronómica es 100% alcarreña, y el ritual comienza con el pan de pueblo empapado en el aceite de oliva virgen extra local, un auténtico manjar que define la identidad de esta tierra. El ambiente se relaja para dar paso a las tapas que nos apasionan. Unos torreznos bien crujientes, una tabla de queso de la zona o un toque dulce con la imprescindible miel de la Alcarria sirven de colofón a una jornada inolvidable.
Hablamos de El Olivar, ese rincón secreto donde el silencio solo se rompe por el brindis de los "taperos" que saben apreciar lo auténtico.
